Por Ignacio Bartesaghi
Podría decirse sin miedo a equivocarse, que el año 2025 fue histórico y aceleró aún más algunas de las tendencias internacionales que ya se venían observando. En primer lugar y como hecho más destacado, en enero asumió Donald Trump su segunda presidencia, lo que desató una serie de acciones que transformaron el tablero internacional.
Las medidas tomadas por Trump fueron difíciles de proyectar en su alcance, ya que si bien se esperaba una nueva fase de la guerra comercial ya observada en su primera administración, no estaba en los planes el lanzamiento de un guerra arancelaria de escala planetaria anunciada en el denominado “día de la liberación”.
En cuanto a los principales conflictos mundiales, como la guerra en Ucrania o el enfrentamiento entre Hamás e Israel, Trump participó activamente pero con diversos resultados. Respecto a Ucrania, se evidenció su acercamiento con Putin y el distanciamiento con sus socios occidentales, además de sostener una particular relación con Zelenski, con diferencias que en algunos casos fueron públicas. Más allá de los esfuerzos de varias potencias occidentales, la guerra continúa y se acerca ya a los 4 años con cerca de dos millones de muertos de acuerdo a datos del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales.
En lo que refiere a la guerra entre Hamás e Israel, se logró un acuerdo paz, el que se parece más a una tregua, con el previo ataque directo a Irán por parte de Estados Unidos para intentar eliminar las capacidades de enriquecimiento de uranio del régimen iraní, un accionar con impactos de difícil cuantificación.
Otro de los pilares centrales de la nueva administración estadounidense tiene que ver con el debate sobre la agenda global, la que golpeó con la nueva salida del Acuerdo de París, entre otros tratados internacionales referidos al combate del cambio climático. También ha vapuleado el sistema internacional creado en la posguerra, cuestionando a la ONU, retirándose de varias organizaciones como la OMS (en 2026 concretó sus salida de 66 organismos internacionales) y demostrando sus diferencias con nada menos que con la OTAN, lo que podría implicar el quiebre de la alianza transatlántica.
En noviembre de 2025 se lanzó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional del gobierno de Trump con impactos directos en América Latina por la llamada “Doctrina Donroe”, la que fue puesta en práctica con la intervención de Estados Unidos en Venezuela para la extracción de Maduro del país suramericano. La presencia de la potencia americana en la región seguirá aumentando en 2026, con el objetivo claro de sellar alianzas que permitan una mayor presencia de la primera potencia mundial en la agenda latinoamericana, pero con el foco puesto en la competencia con China.
En el año que pasó, podrían listarse otras políticas de Trump con impactos sistémicos, además de las repercusiones internacionales de algunas políticas internas, como por ejemplo la migratoria. Por otro lado, algunas de sus acciones en política internacional tuvieron éxito en términos de mediación, como ocurrió en la crisis entre India y Pakistán, algunos conflictos en el sudeste asiático y en África, entre otros. Además, debe reconocerse que los reclamos sobre el rol de los organismos internacionales no son nuevos en Estados Unidos y vienen de muchos años atrás.
Más allá de todos los acontecimientos señalados, con sus diversos y complejos impactos, la globalización sigue adelante, se transforma pero no se frena. Por ejemplo, en 2025 el comercio mundial logró un récord de acuerdo a la UNCTAD (considerando bienes y servicios) y las cadenas globales actuales no se desmantelaron. Por otro lado, los avances tecnológicos siguen su marcha como se observó con la explosión de la inteligencia artificial, un fenómeno que no tiene límites ni fronteras.
La política de Trump continuó dando sorpresas en 2026, con la intervención en Venezuela, pero también con su delicada posición respecto a Groenlandia, lo que generó preocupación y una reacción articulada de gran parte de Occidente en defensa del derecho internacional. Las recientes intervenciones en el Foro de Davos, como la de Carney (primer ministro de Canadá), Macron y la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, junto con crecientes presiones internas en Estados Unidos, lograron cierta moderación en algunos de los planteos de Trump.
Durante este año los desafíos seguirán en cómo alcanzar la paz entre Rusia y Ucrania, en la compleja situación que atraviesa Irán (con posibles nuevas intervenciones de Estados Unidos por los miles de muertos debido a la represión de los reclamos sociales), así como en la política de Estados Unidos con América Latina y sus efectos en China, potencia que juega sus cartas para no perder la influencia ganada en las últimas décadas.
Mientras se gestionan todas estas tensiones, el 2026 será el año de las reformas de algunos organismos internacionales, algunas en curso como la de la OMC y otras en agenda como es el caso de la ONU y sus organismos especializados. Para enfrentar este debate, será necesario alcanzar consensos mínimos, velando por los logros conseguidos en las últimas décadas, pero asumiendo que se está en una transición hacia un nuevo orden global, lo que no implica necesariamente un quiebre definitivo del que se consolidó en la posguerra.
El inicio del año fue positivo para el Mercosur y Uruguay, debido a la histórica firma del acuerdo Mercosur – Unión Europea, el que se espera pueda entrar en vigor más allá de la reciente impugnación del Parlamento Europeo. Se está frente a una alianza que confirma que aún es posible apostar a la cooperación entre los Estados, como también ha quedado demostrado con el reciente cierre del acuerdo entre el bloque europeo e India.
No es tarde para seguir impulsando la cooperación entre los diversos actores internacionales en búsqueda de un desarrollo sostenible, pero ese camino solo será posible con el pleno involucramiento de las organizaciones, las empresas y la sociedad en su conjunto.